sábado, 1 de julio de 2017

Los errores que cometimos - Capítulo 3 - Caminos separados

Apenas había pasado una semana desde la separación . Emma ya había encontrado un apartamento y estaba preparando su traslado. Había elegido para ello el mediodía, cuando James no estuviera en casa. El momento era tremendamente doloroso y no lo quería acrecentar más. Durante esos días la situación había sido tensa entre los esposos. James había tratado por todos los medios que rectificara su actitud, y al no conseguirlo, optó por estar en casa lo menos posible. El cruzarse con Emma era demasiado doloroso, más de lo que él podía soportar.

Al finalizar el día,  Emma ya estaría instalada en su nuevo hogar. En un hogar frío y desolador, carente de todo amor familiar, carente de lo que ella había sentido mientras vivió con James. Conectó la televisión y alzó su volumen; quizá para no escuchar el denso silencio que reinaba en esa casa, o quizá para ahogar sus propios sollozos. James la había suplicado que no se fuera de casa, que en todo caso él se iría, pero ella no quiso aceptar: le era insoportable seguir viviendo en el lugar en donde había recibido tanto amor y había sido tan feliz.

El nuevo día la sorprendió despierta, no había podido dormir en toda la noche. Recordaba sus tiempos felices: "Estoy pagando mi tributo a la felicidad,,  pensó. No paraba de llorar. Echaba de menos a su marido y empezó a pensar que quizá hubiera sido demasiado dura, porque en parte él tenía razón, pero las cosas se habían ido de las manos y ya no había vuelta atrás.

Pensaba en qué iba a trabajar¿Debía hablar con su antiguo jefe para tratar de incorporarse de nuevo? Sabía que el puesto que ella había ocupado estaba en manos de otro profesional. No la importaba empezar de cero o quizá fuera mejor intentarlo en otra agencia. Eso de momento no la preocupaba, tenía el suficiente dinero para resistir una temporada. No quería nada de James, no aceptaría nada.

James había ido escalando peldaño a peldaño su prestigio como arquitecto. Le empezaban a llegar contratos sustanciosos, de los que dejan dinero y fama.

Aquella mañana Emilie Clarson se presentó en el estudio de James . Quería construirse una nueva casa a las afueras de Nueva York y le habían recomendado a James O'Cleary, el joven arquitecto irlandés innovador y talentoso.

James la recibió advirtiéndole que tenía poco tiempo pues debía atender un asunto importante, pero quedó con ella en entrevistarse al día siguiente en la mansión de la dama. La cita era con los abogados y la firma del divorcio.

Cuando Emma llegó al bufette, James ya estaba allí. Acodado sobre una ventana miraba sin ver lo que ocurría en la calle. Estaba triste, muy triste y tenía una rabia que quería contener a toda costa. Del ascensor salió Emma acompañada por su abogado y ambos se dirigieron a la estancia en donde aguardaba James con su letrado.

Se miraron sin apenas dirigirse la palabra, pero sus miradas fueron profundas, de reproche que cada uno le hacía al otro. La puerta se abrió y una secretaria les condujo a la presencia del juez de turno. Se sentaron uno frente al otro, al lado de sus respectivos abogados y al frente el juez, mayor en edad pero de aspecto bonachón. Comenzó su disertación recomendando a los esposos comprensión y les conminó  que sería mejor pensar lo que iban a hacer. Había leído el informe de los abogados y le costaba dar el beneplácito para disolver aquella unión de unas personas que tanto se querían, "pero el alma humana es insondable", pensó para sí.

Ambos abogados argumentaron que la situación planteada estaba muy pensada y que por el bien de ellos rogaban se acelerase el trámite para evitar mayores tensiones. Y el juez dio comienzo a la lectura del documento de disolución del matrimonio.  Al llegar a las cláusulas Emma objetó en la que se reflejaba los bienes gananciales:

--No, no quiero nada. No necesito nada. Tengo mi trabajo y no considero justo que me asignen una pensión, no la necesito. El se ha ganado su bienestar a fuerza de trabajo, lo mismo que el mio. No admitiré esa cláusula, de ninguna manera. No quiero ni dinero ni posesión inmobiliaria. Tengo mi casa, sólo quiero que ésto termine de una vez, por favor señoría. Es bastante triste, por favor que sea breve.

--Pero Emma, yo no quiero terminar así ¿ por qué no aceptas lo que te ofrezco de corazón?, eres, bueno has sido mi esposa hasta ahora y nuestros comienzos no fueron fáciles.Parte del bienestar del que ahora gozamos es tuyo, con tu trabajo aliviastes los gastos hasta que yo me situé. No es justo que ahora no obtengas tu tributo.
--¡ Mi tributo !¿ recuerdas lo que te dije ? ahora lo estoy pagando...No James, no quiero nada, y es mi última palabra, de lo contrario no firmaré y se quedará todo en suspenso indefinidamente, y creo que ésto no es conveniente para nadie. Tenemos que organizar nuestras vidas, bueno tu ya la tienes encauzada, pero sabes que cuando tomo una decisión es firme.
--Ya lo se, ya lo se. Está bien se hará como quieras. Ya no puedo discutir más, ya basta.

Firmaron el documento y tristemente se fue cada uno por su lado. Tardarían mucho tiempo en volverse a ver, sus caminos se habían separado definitivamente.

James marchó a su trabajo aunque no estaba en la mejor disposición de crear edificios, pero tenía que olvidarse de todo y centrarse en los planos.

Emma se dirigió hacia su casa. Era el día más triste de su vida y no quería ver a nadie ni hablar con nadie,n i siquiera a la gente con quién se cruzaba por la calle.

El apartamento se le antojó más frio y silencioso que nunca. Al entrar se quedó en la puerta mirando a su alrededor no sabía muy bien qué es lo que buscaba. Tiró el bolso encima del sillón y quitándose los zapatos se dirigió al dormitorio y se tumbó en la cama mirando al techo de la habitación, lloraba silenciosamente repitiendo un nombre: James, James, James...

Perdió la noción del tiempo. Recorría con la imaginación todo lo vivido junto a él desde que se conocieron siendo niños, pero la imagen que predominaba en su cabeza, era la vivida esa mañana en el despacho del juez. Se golpeaba en la frente como queriendo borrarla sin dejar de gemir. Ya todo había acabado y de la peor manera posible.

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