domingo, 13 de enero de 2019

Te esperaba - Capítulo 23 - Disculpas

Con un frenazo seco y fuerte, aparcó el coche en la plaza que le correspondía y entró como una exhalación derecho a los vestuarios.  Se cambiaría de ropa y avisaría que estaba preparado para operar.  Respiró hondo para calmarse, se dió una ducha con agua muy caliente, para tratar de templar sus nervios.  No podía operar en esas condiciones;  había mucho en juego.  Había sido una excusa para nada importante, pero había desembocado en una fuerte bronca con Emma y en la  salida  de su casa  muy agriamente.  Al cabo de un rato, hizo de tripas corazón  y explicó a sus compañeros el motivo de su retraso y el miedo que tenía a los dolores de cabeza de su mujer, a pesar de que el neurólogo le tranquilizó en su día, aún conservaba en su retina  el cuerpo mal herido de ella y su estado de coma.


  Quizá debiera ser mejor confesarle la verdad y acabar con tantas inseguridades, tan en contra de sus propios  sentimientos. ¿ Cómo hacerla comprender que era lo más importante en su vida, que nada ni nadie cambiaría eso? Que en realidad, sin saberlo, la había estado esperando  que llegase. a su vida y vivir junto a ella la idea que desde hacía mucho tiempo tenía en la cabeza y que poco a poco se estaba haciendo realidad.  ¿ Debía contárselo ? Pero aún faltaba mucho por hacer y quería que estuviera todo listo, y entonces si, contarle la verdad de todo.

No podía demorar más la operación, así que volvió a respirar y se introdujo en el antequirófano para lavarse nuevamente las manos y prepararse para ello.  Debía dejar atrás todas las discusiones y problemas personales, para centrarse únicamente en la vida que estaba en sus manos.  La operación fue larga, pero sin complicaciones.  Ya estaba la tarde avanzada, cuando terminó de operar y dejar a su paciente acomodado en la UVI.  Fue entonces cuando se dirigió a su despacho.  Debía redactar el informe de  quirófano.  Estaba más calmado y lo tenía todo fresco en la memoria.  Era el momento oportuno de hacerlo.  Llegó ante la puerta. Después hablaría con ella para tratar de calmar los ánimos.  No sabía qué hacer .  Puso la mano en el picaporte y abrió la puerta.


Emma, permanecía junto a sus hijos en el cuarto de juegos, pero la salida de Robert, enfadado, le daba vueltas en la cabeza. No había sido el momento más oportuno para una discusión:  tenía que operar y había llegado hasta su casa, alarmado por el estado de ella.  Se sentía culpable y un nudo le encogía el corazón ¿ y si por su culpa algo fallaba en quirófano?  No se lo perdonaría nunca.  Y tomó una decisión: esto no podía quedarse así.  Se dirigió a su habitación, y se arregló. Indicó a Meredith que salía y que no sabía la hora del regreso.

- ¿ Puedes ocuparte de los niños?  He de solucionar un asunto y no sé lo que tardaré.  Posiblemente bastante
- No se preocupe.  Haga lo que tenga que hacer.  Los niños estarán bien
- Gracias Meredith.  Si surgiera algún imprevisto, comunícate conmigo de inmediato.
- Vaya tranquila.  No ocurrirá nada.  Solucione lo que tenga que solucionar y no se ocupe del resto.

Meredith les había escuchado la discusión, y sabía lo que Emma iba a hacer: reunirse con su marido.  Sonrió y movió la cabeza

- Estos chicos se quieren tanto, que todo les parece un mundo. Mejor que arreglen lo que sea.

Cuando llegó por segunda vez al hospital, ya había pasado tiempo.  Fue hasta el control de la planta del despacho de su marido y allí pregunto a la enfermera si había terminado de operar

- No señora.  La operación es larga;  tendrán para un buen rato . ¿ Por qué no le espera en la cafetería.  O mejor en su despacho?
-¿ Puedo entrar en su despacho sin estar él ?
-¡ Claro señora.  Es su esposa, no una extraña !
- Está bien allí le esperaré. Me duele un poco la cabeza, nada importante, pero el barullo de la cafetería me molesta
- Vaya pues.  ¿ Quiere que la lleve un té o alguna otra cosa?
- No, gracias es muy amable.  Estaré bien

Entró en el despacho de Robert.  En muy contadas ocasiones había estado en él. Paseó por la estancia recorriendo con la mirada los detalles que lo adornaban.  Unos cuadros dedicados por algunos pacientes a los que había operado con éxito, Su diploma de la licenciatura, su titulo médico y una estantería con toda clase de libros de medicina en diversos idiomas.  Sobre su escritorio dos fotografías, una de sus hijos y otra de Emma, enmarcados en plata.  El ordenador.  un teléfono.  Un reloj de sobremesa  y una escribanía.  A su derecha la agenda que acarició sonriendo pero que no abrió:  era personal de él, no quería y no debía saber lo que allí había escrito.y  un interfono Al fondo de la estancia un archivador, que suponía era de informes de pacientes, y encima de él, un pequeño televisor.  En otro extremo bajo un ventanal, había un sofá mullido, amplio y una mesa baja  con alguna revista, por supuesto de medicina.  En el ambiente se percibía un aroma a su perfume, al que usaba después de la ducha.  Sonreía  y acariciaba suavemente cada objeto que él tocaría seguramente a diario.  Era su recinto sagrado.  Allí preparaba sus operaciones, hablaba con sus pacientes y...  con ella, a diario, antes de comenzar la jornada, aunque hiciera pocos minutos que acabaran de separarse.  Era un estilo sobrio de buena madera, muy a lo Robert: todo en orden y pulcro.

Miró el reloj y comprobó que hacía poco tiempo que había llegado y la enfermera la dijo que tardaría.  Se sentó en el sofá y tomó en sus manos la revista que descansaba sobre la mesa.  La abrió pero pronto volvió a cerrarla:  no entendía nada de lo que allí se contaba y se veía.  Buscó una postura más cómoda y al poco se reclinó sobre uno de los brazos del mullido sofá.  Lentamente los párpados se la fueron bajando hasta quedarse dormida.

Iba a entrar en su despacho,  Pero antes, Robert se dirigió al control de planta a revisar algunos de los informes de los pacientes y allí la enfermera, le dijo que su esposa le aguardaba .

- ¿ Mi esposa ?
- Si doctor.  Lleva aquí toda la tarde.  Llegó  al poco de comenzar la intervención.  No quiso ir a la cafetería ni tampoco aceptó un té que la ofrecí.
- Está bien.  Gracias.  Ahora la veré

Antes de abrir, y con la mano depositada en el picaporte, se paró durante un instante a pensar en lo que pudiera llevarla hasta allí y permanecer durante toda la tarde; era ya casi de noche.  Algo importante debía ser para esperar durante tanto tiempo.  Decidió que era hora de averiguarlo y despacio abrió la puerta.

Emma, estaba tumbada en el sofá,  dormida.  En posición fetal con las manos bajo su cabeza, encogida, seguramente porque sintiera frío.  Se acercó lentamente hacia ella y de rodillas, examinaba su rostro.  La miraba con dulzura, con infinito amor.   De repente un sobresalto le invadió de nuevo y muy suavemente puso su mano en la frente y con el dedo pulgar acariciaba su mejilla

- Dios mio ¡ Cómo te amo, Emma !  Depositó un ligero beso en su frente y despacio se encamino hacia su escritorio para redactar el informe de la operación.  Sentado frente a la pantalla del ordenador, abrió el programa y comenzó a redactar con toda clase de detalles la operación realizada y el motivo de la misma.  Estaba a punto de finalizar, cuando ella abrió sus ojos, sin duda por el ruedo tenue de las teclas al escribir. Robert absorto en lo que estaba haciendo, no se dii cuenta de que era observado por ella , que no quiso interrumpirle.  Al fin, al peso de su mirada, Robert levantó la vista mirándola alarmado

- ¿ Qué te ocurre ? ¿ De nuevo la cabeza ?
- No, no te alarmes.  Estoy bien
- ¿ Por qué has venido ?  Me han dicho que llevas aquí toda la tarde, que no has comido nada
- Si, es cierto. Me remordía la conciencia y deseaba pedirte perdón.  No debí reñirte ni decirte lo que dije.  Te ruego me perdones.  No volverá a pasar  -   Robert se levantó y se dirigió hacia ella.  Tomó su cabeza entre las manos y la besó largamente

- Seguro que volverás a reñirme otra vez. Y ¿ sabes qué ? No me importa.  Sin tus pequeñas riñas no serías tú. Y eso es lo que me cautiva de tí el torrente de amor que me entregas y que yo, torpe de mi, no me doy cuenta de que es exceso de amor. Que tienes una gran capacidad de amar a todos cuantos te rodean.  Pero yo también te amo en igual medida y nada, ni nadie ocupa ni ocupará el lugar que tu tienes. -.  Se abrazaron y permanecieron así durante unos instantes.

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