viernes, 7 de junio de 2019

El diario de Fiona - Capítulo 10 - Retomar la vida

Al contemplar las fotografías tenía la sensación de que el tiempo se detuviera en ellas.  La de Ana la tenía más fresca en la memoria, pero la de Fiona, se preguntaba cuánto tiempo hacía de ello. En realidad, no era tanto, pero lo había vivido tan aprisa que tenía la sensación de que era una eternidad. La colocó en su mesilla de noche , en el lado en que ella durmiera en tiempos.  Miró hacia el ventanal de su habitación, por el que se colaba un rayo de sol que se filtraba a través de los visillos, yendo a parar al rostro de Fiona.  Con esa luz le parecía que se salía de la fotografía, que tomaba vida, cuando en realidad sólo lo hacía en su cabeza.  No había olvidado el timbre de su voz y su risa, esa risa contagiosa que le hacía vivir. Y con el dedo pulgar, acarició su rostro. dio un suspiro y de pronto se le vino a la cabeza, una conversación que tuvieron aquél mismo día en que tomó la foto.

- Me estoy planteando comenzar a escribir. Así seríamos rivales - dijo a Fiona mientras la abrazaba
- ¿ Sabes qué ? Deberías hacerlo, así podríamos formar  un tándem y colaborar ambos.

Sonrió  evocando el recuerdo, mientras lentamente, el sonido de esas palabras se diluía en su cabeza.  Suspiró y salió de la habitación.  La foto de Ana  la colocaría en el salón en un mueble junto a un jarrón con flores, y la otra en la habitación de la niña, para que siempre la tuviera presente.  Y se encaminó al encuentro de su hija que llegaba del parque con Stephanie

- Papá - gritó la niña yendo a su encuentro.

 Había recuperado su risa infantil, y es que los niños tienen suma facilidad para asumir las tragedias que puedan ocurrir en sus vidas, y sin embargo mentaba con frecuencia a su madre, no la había olvidado aunque  asumiera su ausencia.  La sentó en sus rodillas bajo la complacida mirada de Stephanie. La buena mujer pensaba que era un padre estupendo, que trataba por todos los medios de llenar el hueco dejado por la madre al morir.
La contó que iría al colegio a jugar con los niños y estaría jugando y aprendiendo a un mismo tiempo. Y que, esa misma tarde,   comprarían  juguetes y vestidos para ella.  La niña palmoteaba feliz y sonreía.

. Ahora quiero enseñarte algo - la dijo mostrándola el retrato de su madre enmarcado en plata, junto a las flores.   La niña le miró con sus ojos asombrados, e instintivamente  dio un beso  sonriente a la  imagen que se mostraba feliz.  El padre la abrazó conmovido por el gesto de la niña

Se sentía muy vulnerable  y tenía el ánimo bastante bajo desde que llegaron a Londres.  Veía como en una penumbra lo vivido en Serbia, pero ahora, ya en casa, comprendía que no tenía nada. Seguía  con la misma sensación de pérdida que tenía allí. Tragó saliva y anunció a Stephanie que saldrían   a equipar a la niña de ropa y juguetes, mientras se dirigían a su habitación para que Jasna viera la fotografía que había colocado a la cabecera de su cama.
 Quería que recobrase su estabilidad cuanto antes, que no se sintiera diferente a los niños que serían sus compañeros  Ahora sería ella todo su centro de atención.  Adoraba a su pequeña y quería tenerla constantemente a su lado, pero debían recuperar su vida:    la niña  asistiendo a la escuela y él,  al trabajo.  Se había dado de plazo lo que restaba de esa semana.  Cuanto antes se normalizara todo, antes podría recuperar la calma.

Y salieron a comprar los trajes de la niña  ayudados por Stephanie, ya que él no tenía mucha idea de lo que pudiera necesitar. Y en una juguetería se volvió loca de alegría; era la primera vez que veía tantos juguetes , y todos los quería.  Daba grititos de alegría y palmoteaba cada vez que la dependienta la enseñaba alguno.  Y por fin entraron en casa cargados de paquetes y rotundamente felices por la alegría de la niña y cansados, muy cansados , rendidos,  ante la energía derrochada por Jasna que estaba excitada de tantas novedades.

Pasó el fin de semana y acompañó a su hija junto con Stephanie, al colegio. Se le iba el alma al dejarla en la escuela,  Se resistía a dejarla allí a pesar de que la niña lo aceptó de inmediato al ver a los niños que jugaban y la tomaban de la mano para que fuera con ellos.  Su carita se iluminaba, ya que era la primera vez que estaba con tantos niños.  Desde que naciera, en escasos momentos  los había visto y por supuesto nunca había jugado con alguno.  Todo era nuevo para ella, excitante, y también para su padre que tenía miedo fuese rechazada o fuese ella quién no admitiera esta nueva vida. Pero se amoldó perfectamente y no sintió ningún rechazo por nadie.  En realidad somos los adultos quienes rechazamos a nuestros semejantes si son diferentes, pero en la cabecita de los niños, la palabra "distinto" no existe.  Al llegar a casa,  por la tarde, se la veía nerviosa, contenta y feliz relatando a su padre los juegos que habían hecho durante esa jornada.

Y también Maxwell se incorporó a su trabajo.  Todos en la Redacción le acogieron con cariño, saludándole afectuosamente.  Pero él tenía la sensación de que cuando palmoteaban su espalda, era como si lo hicieran a un muerto resucitado. Pero a pesar de todo, se sentía a gusto y nervioso al retomar de nuevo el pulso del día a día.  Echaba de menos las corresponsalías, pero comprendía que en la situación que tenía, no podía aspirar a ellas, hasta que su hija  fuera un poco mayor.  El director le acogió abrazándole, se sentía responsable por lo sucedido en su vida y además le conocía desde que saliera de la universidad y era como si se tratara de un hijo para él.  Tras unos momentos de charla. le acompañó hasta la que sería su sección: artículos de opinión y entrevistas a políticos, artistas o empresarios que fueran noticia de alguna relevancia.  Había cuatro redactores  más, todos conocidos, unos más que otros, pero todos habían escuchado y sentido  la preocupación que durante mucho tiempo habían tenido  por su estancia en Los Balcanes.  Se habían corrido las voces y todos sabían de su terrible aventura vivida .

 
Sentado frente a su jefe y tras recibir las instrucciones de trabajo a realizar, le preguntó si sabia algo nuevo de Fiona

- Nada en absoluto. Es como si se la hubiera tragado la tierra.  Su editor está desconcertado, porque además ignora el por qué de esa desaparición.  Hasta hablaron con la policía, pero no obtuvieron respuesta alguna; nadie había desaparecido con sus características. Piensan que quizas esté en el extranjero. Pero ¿ dónde ?

Maxwell guardó silencio apesadumbrado de su misión imposible, nuevamente. ¿ Qué mal de ojos le habían echado para tan mala ventura ocurrida en su vida?  No era supersticioso, no creía en esas cosas, pero le estaban ocurriendo cosas tremendas en muy poco tiempo.  Carraspeó ligeramente, pues se había abstraído de lo que el director le decía.  Ocuparía el puesto de jefe de redacción  además de realizar las entrevistas pertinentes.  Ganaría un buen sueldo y con ello vivían más que cómodamente.  Maxwell sabía que todos esos privilegios eran motivados como compensación a lo ocurrido durante la guerra, en que estuvo a punto de perder la vida, pero también se debía a su valía como periodista y no a la compasión que inspiraba.

Todo estaba resultando bien. Sería un descanso por  lo vivido,  que bien merecían.   Había acudido a la  escuela a recoger a la niña que salía absolutamente radiante, contenta y excitada por lo vivido con sus amigos.  Porque sí, ya se había hecho amigos y se había divertido mucho.    Al llegar a casa, Stephanie escuchó contenta las incidencias que Jasna había relatado a su padre en primer lugar, y reía feliz al comprobar que la niña iba recobrando poco a poco la estabilidad en la vida que un niño debiera tener y a la que tiene derecho  .La mujer la escuchaba sonriente, tranquila y satisfecha: había sido un buen principio de semana.


RESERVADO DERECHOS DE AUTOR / COPYRIGHT
Autora< rosaf9494quer
Edición<  Junio de 2019
Ilustraciones: Internet < Dakota Johnson < Jamie Dornan

jueves, 6 de junio de 2019

El diario de Fiona - Capítulo 9 - Los pensamientos de Fiona

De nuevo Fionna retomaba poco a poco la escritura de una novela. Todas las noches había vuelto a su antigua costumbre de  adolescente  de escribir sus impresiones diarias en el viejo cuadernillo. Lo cierto era que pocas novedades tenía que escribir, pero le venía bien para descargar su conciencia.  Le remordía porque pensaba que no había hecho lo suficiente por buscar a Maxwell; se sentía responsable de su desaparición.
 Ese pensamiento no la dejaba vivir y, trataba por todos los medios de desecharlo de su cabeza y todo ese remordimiento, lo plasmaba en las hojas del gastado diario, pero que no quiso reemplazar porque algo había en él que la unía a esa parte de su vida , cuando era casi una niña y vivía totalmente feliz, sólo pensando en ese principio de novio que constituía el jovencísimo, también, Maxwell y, los proyectos de ambos cuando cumplieran sus sueños.  Unos sueños que habían quedado truncados por la guerra  que en realidad no les atañía, pero que  les alejó por la profesión de él.  No quería pensar en ello, porque siempre terminaba llorando y depresiva.  Quería salir del hoyo profundo en que su tristeza le había sumido desde que todo el conflicto comenzó y la idea de Maxwell muerto, la atormentaba noche tras noche.

Su vida se había convertido en una sucesión de días monótonos en los que nada alteraba su ritmo.  Todas las mañanas salía a pasear con su fiel compañero Chimbo por los alrededores de su casa, paseo que no era muy largo ya que el lugar era pequeño.  Algún día que otro se acercaba al centro si tenía que realizar alguna compra o deseaba tomar un té con alguien.  Solamente tenía una amiga que era la joven del supermercado y con ella es que charlaba sentadas en algún pub.  Y a su regreso a casa, hacía la comida y escribía el diario.  Por las tardes, después de una pequeña siesta, veía televisión, y anocheciendo , se ponía delante del ordenador a escribir durante un rato sin mucho entusiasmo. Todo el ímpetu que había tenido al comienzo de su carrera, se había esfumado y la costaba reconocerse en esta mujer en la que se había convertido, casi una vieja  prematura,   a pesar de ser joven y  sin entusiasmo.  Es como si la ausencia de Maxwell se hubiera llevado también sus ganas de hacer cosas.  Simplemente dejaba transcurrir los días, y todo le daba igual.

Por muchas recomendaciones que la hiciera su amiga, no conseguía sacarla de la apatía y la desgana, hasta que dejó de insistir, muy a su pesar.  Comprendía su estado de ánimo cuando conoció la verdad de su comportamiento.  Se confesó con ella en una tarde en que la añoranza era más fuerte, y entonces  Aisling comprendió que sería inútil insistir mientras no se sobrepusiera a la depresión soterrada que sentía.  Le daba mucha tristeza al ver esa mujer joven, bonita, inteligente y que había conocido el triunfo, se dejase abatir  por ese sentimiento de ausencia y de culpa en el que se debatía.  Trato de distraerla y consiguió que un día fuesen al cine a ver alguna comedia alegre en el que no hubieran conflictos ni de amor ni de ninguna otra clase. Y eligieron una comedia musical.  Y disfrutaron mucho y recordaron la música de Abba y de otros intérpretes de su predilección comentando anécdotas vividas por ellas. mientras paseaban a la salida del cine.  Y propusieron rematar la tarde con una buena merienda.  Al despedirse quedaron en repetir la experiencia que hacia mucho tiempo dejó a un lado.  Su amiga se alegró al comprobar que por primera vez desde que se conocieron se había reído y hasta tarareaba alguna de las canciones en su regreso a casa.

— ¿ Vas a venir a la ciudad en estos días ?

— No lo sé. Quizá, mas que nada por pasar un rato juntas.  Ya veré. Quiero comenzar a escribir en serio.  Se me ocurre una idea.  He escrito  un relato corto a modo de ensayo, porque aunque no lo creas, las ideas se oxidan si dejas de escribir. Te traeré la galerada para que me digas lo que te parece

—¿ Estás pensando en volver a lo tuyo?

— No lo sé..., pero creo que si

— Me alegro muchísimo — respondió Aisling— Me encantará leerlo; seguro que es estupendo

Y tras besarse, se despidieron yendo cada una de ellas  a sus distintos domicilios.  Al llegar a casa, Chimbo la recibió con entusiasmo al tiempo que nervioso lloriqueaba

— Si, ya sé que me has echado de menos.  En compensación daremos un paseo antes de que se haga de noche. Vamos.   Andando

Y salieron. Contento uno y sonriendo satisfecha la otra.  Era la primera vez en mucho tiempo que se sentía distinta.  La película  la había sacado de su apatía;  lo habían pasado muy bien y estaba segura  que repetirían.  Se dio cuenta de que su amiga, le era fiel y muy cariñosa, además se entendían perfectamente y estaban muy unidas. La confesión de su vida  a Aisling,   había producido el milagro de ser comprendida y a la vez querida por esa muchacha, que, aunque más joven que ella, la entendía perfectamente.

Esa noche retomó su diario con otro espíritu, más en el estilo de su adolescencia, sin tanto dolor, sin tanta amargura por los recuerdos.  Se sentía más tranquila, más en paz consigo misma, y pensó que aquella tarde, tan normal, había conseguido abrir una brecha en el dique que contenía su espíritu de volver a retomar su vida y dejar atrás tanta amargura y tanto reproche. 
 No había nada que hacer; las cosas habían surgido así , aunque la tristeza por haber perdido al amor de su vida no la abandonara, pero presentía que la añoranza sería más llevadera, evocando los momentos mas felices que pasaron juntos y dejando en segundo termino los crueles que les separaron, sin tratar de olvidar, pero al menos guardarlos en un lugar recóndito de su corazón.

Y mientras tanto, en Londres, otra alma triste, trataba de organizar su vida, con los mismos pesares y nostalgias que ella. Sólo un par de horas en coche les separaba, pero ninguno de ellos podía sospechar lo cerca y lo lejos que estaban.  Cada uno tenía motivos para la tristeza, sólo que Maxwell tenía a su hija y se centraba en ella principalmente; tenía que conseguir que Jasna fuera feliz y borrar de su preciosa carita, algún signo de pena al recordar a su madre

El director de su periódico y como compensación a lo vivido, se había hecho cargo del mantenimiento de su apartamento y lo dispuso todo para cuando llegasen y hasta había contratado a una señora de unos cincuenta años, viuda, sin cargas familiares, responsable y que al conocer la situación de Maxwell había aceptado sin reservas el puesto de ama de llaves, nany y cocinera del periodista, máxime al conocer que había una niña de corta edad huérfana de madre y de familia, ya que no tenía más que a su padre.

 Stephanie agrado a Maxwell y fue recíproca la simpatía que sentían mutuamente, especialmente con la niña a la que adoraba y estaba pendiente de ella. Al conocer la situación del periodista, al ser informada por el director del periódico, algo dentro de ella le conmovía hasta lo más profundo, pero cuando conoció al padre y a la hija, su corazón se desbordó de sentimientos  hacia ellos.  Desde ese momento   ellos serían su familia y les ayudaría en todo cuanto pudiera.  Trataría por todos los medios de que Jasna recobrara la sonrisa.  La llevaba al parque o paseaban, para después merendar y de este modo dejar a su padre algún momento de soledad para centrarse en retomar su vida.

—Stephanie— la dijo una mañana—¿La importaría quedarse con la niña durante media mañana? He de ir a realizar algunas compras y buscarla un colegio. Estaré con ella durante unos días, pero he de trabajar y quiero que esté escolarizada para cuando eso ocurra. No conoce más rostros que los nuestros y está algo atemorizaba.  Deseo cuanto antes establezca contacto con otros niños, y así poco a poco que su vida se normalice.

— No tiene que decirme nada más.  Haga lo que tenga que hacer. Yo la distraeré. Ocúpese de lo que tenga que hacer, no se preocupe.

Maxwell daba vueltas alrededor de su despacho mirando el entorno como su fuera la primera vez que lo viera. Y es que había pasado mucho tiempo desde que saliera rumbo a Los Balcanes, y al retomar de nuevo su día a día, sin miedos, sin dolorosos recuerdos, todo pasaba ante él como a cámara lenta, como si todos esos objetos, tan conocidos, los viera por primera vez.  Todo estaba en orden perfecto, limpio y arreglado, como si el tiempo no hubiese pasado.  tenía la sensación que de un momento a otro la puerta se abriría y entrase un torbellino llamado Fionna a darle los buenos días y un beso de despedida para ir a la editorial.  Pero ella no estaba y todo era distinto.  Se dirigió hacia la librería, repleta de libros y acarició los lomos  con cariño.  ¡ Cómo los había echado de menos ! Y ahora ahí estaban de nuevo, impertérritos.  Recordó y buscó uno en especial.  Lo extrajo y lo abrió.  Allí estaba a modo de marca páginas, una fotografía de ella que le había hecho en una excursión que realizaron.  La extrajo y echó la cabeza hacia atrás para volver a vivir aquellos días que ahora estaban tan lejanos.

Fionna resplandeciente.  Lo recordaba perfectamente el día que vivieron, y al llegar de regreso a casa, al acostarse hicieron el amor con apasionamiento.  Y sin embargo ahora ni siquiera sabía dónde estaba.  Quizá tenga otro amor en su vida, o casada, o simplemente deambulando sola por el mundo, ignorando cuanto la añoraba  y cuanto la quería, a pesar de que Ana irrumpió en su vida, pero su unión era de un carácter distinto a lo que sentía  por Fionna, a la que nunca había olvidado. Tomó la fotografía y la unió a otra de Ana. Quería ponerlas en un marco y tenerlas presentes a ambas, porque ambas fueron importantes en su vida.

Se dirigió a una joyería y compró tres marcos de plata. Primeramente, en una casa especializada, hizo una ampliación de la foto de Ana.    Las  enmarcó .  Una la pondría en el cuarto de Jasna, en su mesilla de noche, para que tuviera siempre presente a su madre y, la otra la llevó al salón y la depositó sobre un mueble junto a un jarrón con  flores que compró en la floristería que había cerca de casa.  Ni siquiera sabía que flores habían sido sus preferidas. La de Fiona la pondría en su dormitorio , en su mesilla de noche,  de este modo  estarían presentes en su vidas.

  Pensó que  esa tarde  iría  al  colegio  junto con  Stephanie y  Jasna  para su matriculación. De ahora en adelante todas las decisiones caseras, serían tomadas en <pétit comité> entre los tres.  Mientras él trabajaba, sería Stephanie quién estuviese al cargo de la niña, por eso le pareció adecuado que estuviera al tanto en lo concerniente a ella.

Y así lo hicieron. Eligieron uno cerca de casa. en el que quedó inscrita..  Dejaría pasar esa semana para estar con su hija ya que en cuanto comenzase a trabajar la disfrutaría menos.  De momento , lo haría  en la redacción del periódico, ya que consideraron que no podía ejercer de corresponsal fuera de casa,  como atención a las circunstancias que habían vivido, hasta que la niña fuese un poquito mayor.

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Autora< rosaf9494quer
Edición<  Junio de 2019
Ilustraciones: Internet < Dakota Johnson < Jamie Dornan

El diario de Fiona - Capítulo 8 - El regreso de Ana

Por fin, pudo establecer contacto con su editor .  The Guardian era un periódico de prestigio y tenía muchas puertas abiertas. También escribió a Fiona contándole por encima su odisea.  Recibió respuesta del editor, pero no así de Fiona, lo que interpretó que no quería saber nada de él  Las comunicaciones eran difíciles y además con censura, por lo que tenían mucho cuidado en no hablar de otra cosa que no fueran los temas estrictamente familiares.  El editor supo que había sido padre y que se había casado con la madre de la niña.  Le habló de sus proyectos de regresar a casa y de recobrar su trabajo nuevamente.

— ¿ Sabes algo de Fiona ? La he escrito y no he recibido respuesta— le preguntó  a su amigo y editor

— No Maxwell. Dejó el domicilio y desapareció de Londres sin dejar rastro.  Es como si se la hubiera tragado la tierra. Estaba en la promoción de su novela cuando de buenas a primeras no supimos nada de ella.

— Ya.  Seguramente habrá formado su vida en otro lugar

— Haremos todas las gestiones precisas para traeros a tí y a tu familia, pero habréis de tener paciencia.  las cosas van despacio.

Debido a su condición de corresponsal del periódico,  el director había hecho gestiones en el consulado, en Sarajevo y, pudieron mantener esa conversación breve por teléfono desde el mismo despacho del cónsul.  Cuando salió del consulado, iba contento y esperanzado de poder conseguir su retorno y el de su familia, dejando atrás tanto horror vivido.  Pero los días pasaban y todo seguía estancado.  El hubiera podido viajar de inmediato, pero no su familia, y no quiso dejarles si no viajaban con él.  La esperanza de volver a formar su vida lejos de allí, se retrasaba y les descorazonaba, pero no podían hacer otra cosa más que esperar.  Ana tenía una frágil salud que se deterioraba rápidamente

— Siempre ha sido de salud frágil— le dijo su madre, un día en que Ana guardaba cama por una gripe muy fuerte que  la provocaba fiebre

— No lo sé, pero la noto muy decaída.  Ni siquiera la niña consigue animarla. Esta situación me desespera— confesaba Maxwell a su suegra —  Necesita un médico y medicamentos

—Ten paciencia. Mejorará. Seguro

Pero la madre se equivocaba. En el fondo Maxwell notaba el deterioro de su mujer y cada vez que volvía a Sarajevo para hablar con el periódico, temía que al regresar a Bania Luka, la encontrase peor.  Los parientes les daban huevos, alguna gallina que otra, patatas..., para tratar de fortalecerla, pero todo parecía inútil. Tomó una decisión: regresarían a Sarajevo y la ingresarían en un hospital.  Lo que fuera lo que la aquejase, no era una simple gripe, era algo de más gravedad y había que atajarla.

Empaquetaron sus pocas pertenencias, y en el asiento trasero del coche, formaron una especie de cama para que Ana viajase tumbada.  La abuela y la niña, irían junto a él en el asiento del co piloto.

Así hicieron el viaje hasta la capital y se dirigieron directamente hasta el hospital.  Ana fue ingresada de inmediato con el pronóstico de grave. Maxwell no se lo podía creer, pero esas penurias no las sufrían ellos solos, eran los resultados de  una guerra.  Sentadas en una butaca estaban su suegra y su hija que lloraba llamando a su madre. Una de las enfermeras les llevó un vaso de leche para la niña que tenía hambre.

.—Su esposa tiene neumonía y debido a la debilidad de su organismo el diagnóstico no es muy bueno. Haremos todo cuanto esté en nuestras manos, pero su debilidad nos hace temer lo peor. 

 Fue todo lo que los médicos diagnosticaron con cara de preocupación, algo que no pasó desapercibido ni a Maxwell ni a su suegra

Tuvo que recostarse en la pared y la madre de Ana, lloraba quedamente abrazando a la niña que permanecía dormida entre sus brazos.  No podía ser posible.  Ellas le ayudaron en su día, y ahora, él, no podía hacer nada por salvar la vida de aquella mujer joven que le amaba y era la madre de su hija.  Daba paseos por el largo pasillo, tratando de encontrar alguna solución.  Era de madrugada, y en cuanto amaneciera se pondría en contacto con su editor para ver si él podría hacer algo.  Pero nada se podía hacer más que esperar.  

Esperaron dos días, pero al tercero, Ana fue vencida por la enfermedad y murió tranquila y en paz, clavando sus ojos en los rostros de aquellas tres personas que eran su familia.

Todo sucedía rápidamente y como en una película.  Tenían que desalojar la habitación, ya que los enfermos eran muchos y pocas camas disponibles. Recurriendo de nuevo a las influencias del editor y a su vez a través del cónsul lograron fuese trasladada en una ambulancia hasta Bania Luka, donde sería enterrada.  Así lo quiso su madre, ya que en ese lugar a pesar de las dificultades y el hambre, habían sido felices.  Maxwell  seguiría detrás con el coche, llevando a la niña dormida y a su suegra llorando quedamente.

 En el pequeño cementerio del pueblo, sepultaron los restos de Ana bajo la desgarradora mirada de sus seres más allegados y dos o tres personas que les conocían. Habían salido cuatro  de allí hacia Sarajevo con la esperanza de que curase, y sin embargo habían regresado tres y un cuerpo sin vida  ¿Cómo era posible tantas desgracias juntas?  Se abrazaron suegra y yerno en un abrazo de dolor, cuando las paletadas de tierra cubrían el cuerpo de aquella joven con tan poca suerte en la vida.

Deambulaba por la casa seguido de su pequeña que no hacía más que preguntar por su madre.  La abuela, sentada en un rincón había envejecido considerablemente; no hablaba.  Ni siquiera levantaba la vista del suelo.  El silencio en la casa era aterrador y Maxwell maldecía por lo bajo sin saber qué hacer ni qué decisión tomar.  El tiempo pasaba y nada se solucionaba.  La madre de Ana adelgazó considerablemente. A penas comía ni tampoco lloraba, pero en su rostro se reflejaba la inmensa tristeza que tenía.

La única buena noticia que recibieron en esos días fue la libertad de André que, dirigiéndose hasta el pueblo en donde vivían, se enteró de la muerte de la joven.  El médico observó que el semblante de la madre no era muy esperanzador. Seguía sin casi comer.  Se levantaba con el alba y salía a caminar por el campo hablando sola con su hija muerta.  Maxwell pensaba que iba a perder la razón. Estaba atado de pies y manos por la burocracia y cada vez  se impacientaba más con las demoras.  Deseaba salir de Yugoeslavia lo antes posible y organizar la vida de ellos tres de la mejor manera , dejando atrás tanto sufrimiento.  Las noticias que le daba André referente a la abuela, eran preocupantes

— Pero ¿Qué le pasa? No come, a penas duerme.  Ni siquiera llora o se lamenta. Me tiene desconcertado.  Ansío llevarlas fuera de aquí, pero la maldita burocracia lo hace poco menos que imposible

—No te desesperes, no puedes hacer más de lo que haces.  Sencillamente lo que la ocurre es que no quiere vivir.  Lo ha perdido todo: su hija, su casa, su medio de vida, todo. Está pasando su duelo, pero mucho me temo que...

—No me digas eso, por Dios. Ellas me salvaron la vida, me han cuidado y ahora que me necesitan no puedo hacer nada

-—Así es, amigo.  Esa es la vida.  A veces nos presenta situaciones tan adversas que nos vemos impotentes ante ello.

Tiempo después, la buena mujer, abandonó la lucha por la vida y se dejó ir.  Fue sepultada junto a su hija.  Maxwell recogió su ropa y la de la niña y regresó de nuevo a Sarajevo con la esperanza de que ahora si pudiera cumplir su deseo: regresar a casa con su hija.  Aún tuvo que esperar un tiempo más, pero al fin, un día, el cónsul le dio la buena noticia de que podía regresar a su país sin problemas.  Ahora la niña sólo tenía a su padre y le fue otorgada la ciudadanía británica, por tanto volvían a casa con todas las de la ley.

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Autora< rosaf9494quer
Edición< Junio 2019
Ilustraciones< Internet <Jamie Dornan

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