viernes, 4 de enero de 2019

Te esperaba - Capítulo 6 - Bienvenidos

Tenía especial habilidad para tratar con los niños.  Siempre les engatusaba con alguna chuchería para hacerles tomar sus medicinas, vacunarles o simplemente ponerles una inyección..  Cada mañana acudía al domicilio de cada uno de los pacientes que necesitaban algún tratamiento. No estaba sujeta a ningún tipo de horario.  El consultorio estaba atendido y tranquilo, así que se detenía un buen rato en cada casa charlando son los niños o con sus padres, que agradecían la visita.  Era casi mediodía cuando terminó su recorrido y regresaba al dispensario.  A una corta distancia de él, divisó un todo terreno, y supuso que Sean había llegado.  Aceleró el paso pues deseaba saludar a su amigo.  No esperaba que le acompañase Robert, pensó que llegaría días después.

Unas cosquillas comenzaron a recorrer su estómago al verse frente a él.  De golpe, a su memoria llegaron las últimas escenas vividas en las que estuvo presente, y una inmensa tristeza sacudió su espíritu.  Le recordó a su hermana y a sus padres, algo que prácticamente tenía asumido ocupada como estaba en el dispensario.  Pero la memoria es fija y traicionera, y aunque se alegró volver a verle, la tristeza de nuevo la invadió, pero no sólo por la desaparición de su familia, sino porque seguía sintiendo por él algo tan fuerte que ni la distancia ni el tiempo podían borrar.  Tragó saliva y correspondió al abrazo que los médicos la dieron a su llegada.

Las palabras se atropellaban preguntándola por cómo se había aclimatado ante un cambio tan drástico como el que había tomado.  resultaba que en vez de ser ellos los protagonistas,, era ella quién lo estaba siendo. Robert la miraba a cada instante y recorría su rostro.  El parecido con su hermana se había hecho más patente en ella ahora que no tenía tanta crispación por lo sucedido, y probablemente es lo que él buscaba:  el rostro de Lissa, y de nuevo la decepción se instalaba en ella.

Mientras almorzaban, la charla entre los tres médicos era ponerles al día de lo que esperaban con las lluvias y de la situación sanitaria de la zona.  Teresa, la matrona, y ella, sólo escuchaban asintiendo,  de vez en cuando  con la cabeza,  a las palabras del doctor Desmond.  La sobremesa se prolongó en amigable charla y distendida. Sean se asomaba a la ventana de la habitación que hacía las veces de comedor e insuflaba aire a sus pulmones con satisfacción

- Echaba de menos este olor mezcla de tierra mojada y vegetación- decía a sus compañeros
- Si es hermosa esta tierra, tanto como sus gentes - comentaba Emma

-Nunca hubiera imaginado que vinieses a parar aquí - decía Robert refiriéndose a Emma

- Pues ya ves, aquí estoy.  Creo que acerté de pleno cuando decidí dejar Londres.  Tardaré en volver si es que alguna vez lo hago.  Quizá en algunas vacaciones.  he de solucionar asuntos con mi abogado, pero por ahora no regresaré.  Mis recuerdos no son buenos .
- Ya - respondió él sabiendo a lo que se refería, e insistiendo en su mirada
- Robert ¿ por qué me miras tanto ?
- No lo sé.  Creo que me ocurre lo que a tí
- ¿ Lissa ?
- Posiblemente, no lo sé. No me había fijado en que te pareces mucho a ella
- Somos..., bueno éramos gemelas, es normal.  Perdona, aún no me he acostumbrado a hablar en pasado
- Es poco tiempo el transcurrido y has de pasar tu duelo.  Aquí encontrarás paz y cariño, justo lo que se necesita en estos casos.
- No sabía que venías por aquí hasta que Albert lo comentó al anunciar vuestra llegada
- Hace años que vengo.  No precisamente a esta zona, pero sí. Cuando terminé la carrera ejercí durante un tiempo en Médicos del Mundo, hice amigos que aún conservo. Después gané unas oposiciones para el Hospital, y bueno el resto ya lo sabes.  Yo tampoco tengo a nadie que me ate, así que decidí que durante mis vacaciones ayudaría un poco,  y aquí estoy
- Eres muy bueno Robert.  Mereces ser feliz  ¿ No te has casado ? Perdona no me respondas; he sido muy indiscreta
- No importa.  No no me he casado, excepto con mi profesión; me absorbe todo el tiempo. Tu tampoco por lo que veo.  En el hospital había un residente que le traías loco. - Robert se echó a reír ante el asombro de ella
- ¿ Qué dices ? Eso no es cierto, al menos yo no tuve noticias de nada.  Tampoco es que me fijara mucho en esas cosas.  Mi situación familiar ocupaba todo mi tiempo
- Si tuviste mala suerte, pero ahora ya todo ha pasado
- ¡ Claro !

Lo dijo de tal forma que Robert se la quedó mirando no entendiendo muy bien lo que había querido decir con esa expresión tan lacónica.  Parecía que Robert buscaba algún tipo de acercamiento a ella, probablemente buscando el recuerdo de Lissa, de la que siempre estuvo enamorado, y fue un castigo desmedido que se le quedara en la mesa de operaciones.  Le hubiera dolido igualmente su muerte, pero que fuese él quién la estuvo atendiendo lo incrementaba aún más.  Creía que no la había olvidado nunca y ese era el motivo del que aún permaneciera soltero y sin novia, aparentemente.  La sombra de Lissa se extendía sobre ellos como una losa.  El ignoraba lo que su corazón encerraba dentro  , desde que era casi una niña, soportando en silencio ese amor sin medida que él sintiera por su hermana y el que sentía ella por él.  Y sufría por ambos, ante la desatención hacia Robert de Lissa, ¡ tanto como ella le amaba y ni siquiera había tenido una mirada !  Pensaba que eso la marcó para siempre y se sentía incapaz de mirar a otro hombre, y mucho menos amar a otro persona que no fuera Robert.  Y se dió cuenta de que, eso mismo, precisamente era lo que él sentía por Lissa.  De un amor juguetón se había convertido en uno totalmente imposible de lograr debido a su muerte, pero encerrado en el corazón de ese hombre inalcanzable para ella.

Tras pasar toda la tarde reunidos decidieron que el día había sido largo y tenían que descansar.  Allí no existían ni sábados, ni domingos ni fiestas, pues precisamente en ellos era cuanta más asistencia de enfermos recibían ya que se desplazaban desde pueblos colindantes, y ninguno se marcharía del dispensario sin ser atendido.  Esa era su misión y la cumplirían todos sin excepción.

Robert acompañó a Emma hasta su casita en la que vivía con la compañía de Carmen, una nativa viuda cuyo único hogar y compañía eran las que Emma le brindó.

- Ha sido un día largo y repleto de emociones - dijo Robert al despedirse -.  Me ha encantado volver a verte.  Descansa todo lo que puedas.  Buenas noches
- Buenas noches, Robert.  Descansa tu también; el viaje ha sido largo y debéis estar muy cansados.  Si se os ofrece algo, ya sabéis donde vivo.
- Hasta mañana Emma

 Se acercó a ella y la dió un beso en la mejilla.  Se quedó inmóvil, no lo esperaba, pero ante esa caricia, su corazón se agitaba dentro del pecho.  Era la segunda vez que la besaba, la primera fue en el entierro de Lissa. Bien era cierto que ese beso era puramente fraternal, pero  ella lo imaginó de amante  , aunque el beso  segundo lo sintió diferente  muy distinto . ¿ La consideraba como a una hermana?. No quería esa clase de amor.  Ya había tenido una hermana.  Quería un beso de amor, de amante , pero estaba claro que eso no entraba en los cálculos de él.  Simplemente tenía un parecido semejante al de su hermana , y ese recuerdo es el que prevalecía.  Los rasgos de su cara eran como los de Lissa, y eso, justamente, es lo que Robert buscaba.  Creer que Lissa seguía allí en el cuerpo de su hermana, en su rostro y en su mirada.  Era una ensoñación que quizás él tuviese, aunque no le creía un hombre soñador forjándose ilusiones vanas.


Te esperaba - Capítulo 5 - Un lugar perdido del mundo

Había pasado mas de un mes desde que Lissa muriera, y la situación emocional de la casa poco o nada había cambiado, como por otra parte era normal.  Había transcurrido muy poco tiempo para el olvido.  Sobretodo la madre se iba deteriorando día a día.  Al padre se le veia con más fortaleza, pero Emma temía por la salud de su madre.  Ella no había vuelto al trabajo aún, y es que no se encontraba con fuerzas para pisar aquellos quirofanos, aquellas salas, las penalidades de los enfermos y de sus familias.  Ella no estaba aún para eso, pero debía dar alguna explicación;  tenía dudas sobre lo que hacer y en su mente resonó la voz de Robert que la decía que se tomara un año sabático, pero que no lo abandonara.  Era su profesión, la gustaba, pero en esos momentos no tenía fuerzas  para afrontar los problemas de los demás, ni tampoco los suyos propios.

Era como si estuviera atrapada en una red y a nadie podía confiarle sus dudas. Por un lado deseaba salir de allí, del país, incluso.  Buscar otras tierras y dar un giro total a lo que debía hacer  en la vida. Se dedicaría a otra cosa distinta,. Pero también estaban sus padres, que se sentían abrumados por la tristeza, y por si fuera poco la salud de su madre.  No podía abandonarles ahora, sólo la tenían a ella.  De manera que ocultó  su tristeza para centrarse en la salud de su madre y en el apoyo emocional del padre.

La llevaron a un psiquiatra, pues temían perdiera la salud mental.  Comenzó a desvariar contándoles que Lissa había hecho esta u otra travesura.  Y lo narraba no como anécdota, sino como si en realidad Lissa, anduviera por la casa.  Aquella noche, Emma lloraba desconsolada ante lo que podría avecinárseles.  Su madre aún era joven, pero la pérdida de su hija en esas circunstancias tan adversas  le había trastornado la cordura.  Pasó un  año, dos y todo se había agravado, hasta tal punto, que la madre murió.  Se había abandonado totalmente a su suerte. Se negó a comer  y ni los alimentos  por sonda surtieron efecto.  Permanecía en cama casi constantemente y no reconocía ni a su marido ni a su hija.  El padre envejeció en ese corto espacio de tiempo como si hubieran transcurrido diez años, y también se fue debilitando al comprobar que su familia se perdía irremediablemente.

Tres años después de la muerte de su madre, también el padre partió hacia el infinito, dejando a Emma totalmente sola.  No podía seguir allí.  tenía que dar un rumbo nuevo a su vida;  ahora ya no tenía a nadie a quién cuidar ni nadie que cuidase de ella, así que no lo dudó: se marcharía de Londres iría a un paií más cálido que en nada recordase a Londres y lo vivido en esa ciudad.

Definitivamente, había renunciado a su trabajo en el hospital antes de fallecer la madre, desoyendo los consejos de sus amigos, por lo tanto nada la retenía allí, porque la única persona que pudiera hacerlo, ni siquiera la había vuelto a ver.  Y se subió a un avión rumbo a   Latino América.   Conocía a un compañero del hospital que fue de Médicos del Mundo y a él mismo pidió consejo y orientación.  Fue a la única persona que llamó la noche anterior para notificarle su marcha y recibir varias recomendaciones.  Guatemala,   , la recibiría con los brazos abiertos.  Siempre son buenas todas las manos que ayuden. Iría destinada a un dispensario pequeño que atendía a vecinos de la zona.  Algo pequeño, sin pretensiones, cuyo personal estaba constituido por un médico, una enfermera y una matrona.  Todos buenos profesionales y abnegados que gozaban del cariño de los habitantes del lugar.  Todos conocían los nombres de todos; eran como una gran familia, justo lo que Emma necesitaba. Estaba ansiosa de cariño y olvido; creía encontrar allí la paz en su vida.

Y le bastaron unos pocos días para ganarse el corazón de aquellas gentes tan cariñosas, especialmente de los niños, a los que siempre obsequiaba con algún dulce o galletas a la hora de ponerles una inyección o vacunarles.  Las madres se deshacían en elogios congratulándose de que una chica tan joven y bonita hubiera llegado hasta allí para ayudarles. Y también asistió a algún parto ayudando al doctor Drumond, eficientemente.  Pero había veces que el trabajo les sobrepasaba, sobretodo en época de lluvias, porque después con la humedad, salían los insectos a transmitirles enfermedades para lo que tenían que desplazarse a alguna aldea perdida en esos mundos de Dios ya que les era imposible a los lugareños llegar hasta donde ellos tenían la clínica.

Una tarde, mientras tomaban un café los tres integrantes de la plantilla del dispensario salió la conversación de los refuerzos que llegaban en la época de lluvias, que justo era el "invierno de ellos" y las vacaciones veraniegas de esas almas caritativas que   dejaban las comodidades de la ciudad y llegaban hasta allí para estar durante todo un mes..Sean no faltaba nunca a su cita. Emma dijo que fue él, quién la recomendó que llegase hasta allí, así que tendría ocasión de volverle a ver antes de lo que pensaba. Junto a Sean también venía otro médico, cirujano por más señas, pero que atendía a todo lo que fuera preciso.

Faltaba algo más de una semana para que llegasen los médicos europeos, que serían bien venidos para poder atender todas las necesidades puntualmente.  Y tuvo como una especie de corazonada y preguntó el nombre del otro médico que llegaría junto a Sean

- Es un viejo conocido nuestro.  Se trata del doctor Ferguson, y hace tiempo que viene, a no ser que algo urgente le reclame en Londres.
- ¡ Qué casualidad ! Le conozco también; trabajamos juntos en el hospital durante un corto espacio de tiempo. Estudiamos en el mismo instituto.  El ingresó en la universidad y mi hermana y yo tomamos caminos diferentes., luego  ocurrió la tragedia familiar, y me desconecté de él.
- Querida, parece que estás mejor.  Cuando llegaste pensé : ¿ y esta chica va a ayudarnos ? ¡ Pero si es ella la que necesita ayuda !

 Acababa de morir mi padre y no me extraña que llamara su atención mi estado de ánimo.  Pasamos unos años duros que nunca olvidaré, pero es cierto, este lugar, las gentes de este lugar me han hecho, sino olvidar, han aliviado mi tristeza.  Creo que tomé la decisión acertada
- Desde luego para nosotros si. - Y los tres rieron a una

Y dos semanas después llegaban al dispensario Robert, Sean  y un buen acopio de medicinas, que llegaban como agua de Mayo.  Temían que se desencadenara una epidemia de malaria.  Las lluvias habían sido más intensas de lo normal.  Lo que menos esperaba Robert, fue encontrar allí a Emma, a la que hacía en Londres trabajando en cualquier otra cosa que no oliera a médicos.


jueves, 3 de enero de 2019

Te esperaba - Capítulo 4 - Cuando todo pasa-

El cuerpo de Lissa se instaló en la capilla ardiente de la funeraria. Tenían el ataúd abierto y restaurado su rostro, que volvía a tener el aspecto de un cuerpo dormido.  La madre no paraba de llorar frente al catafalco,  y el padre y Emma, por mucho que hicieron,   no podían consolar el desgarrador dolor que sentía.  Comenzaría el desfile de amigos a darles el pésame.  Emma era como una autómata respondiendo a sus palabras de condolencias.  Trataba de abstraerse de ese ritual para encerrarse en su profundo dolor. No alcanzaba a comprender  en sí lo que había ocurrido.  Inconscientemente había culpado a Lissa de su accidente, dada la afición que tenía a pisar el acelerador, pero esta vez había sido la víctima entre otras tres personas.  Mentalmente , mirando su rostro., la pedía perdón por ello, y por tantas otras cosas que la había reprochado a lo largo de su corta vida

.  Quizá, en su interior Lissa, tendría la necesitad de vivir  velozmente, porque presintiera que su paso por aquí iba a ser excesivamente corto.  Era pura intuición, porque ya nunca tendría oportunidad de aclararlo con ella.
Sabía que echaría de menos a su otra mitad, como ente ellas bromeaban.  Eran gemelas y sin embargo diferentes,  no tanto en el físico, como en su forma de comportarse en la vida. Ahora casi se alegraba de que fuera tan locuela.
Su padre la puso una mano en el hombro para advertir de que habían llegado sus compañeros del hospital, y entre ellos  Robert con cara triste y algo demacrado. Si fuera por Lissa, sería porque aún la amaba.  Ese pensamiento hizo que su corazón palpitase más a prisa de lo acostumbrado.  Uno por uno sus compañeros la abrazaron y en cada abrazo las ganas de llorar invadían su garganta, pero podía controlarlo, aunque la emoción casi la impedía hablar.  Pero fue cuando estuvo frente a Robert cuando dos gruesas lçagrimas rodaron por sus mejillas.  Se miraron largamente sin pronunciar palabra, y Emma agradeció el abrazo que Robert le dió.

 Y pasó ese largo día y al siguiente sería el trámite final y uno de los más dolorosos:  el definitivo adiós.  De luto riguroso y sentados en sendas sillas presidiendo el duelo, se encontraban sus padres y Emma, y en la fila de atrás Thomas y a su lado Robert; los dos hombres que se habían disputado el amor de Lissa, pero hubieron otros, que no acudieron a darle el último adiós, que si estaban cuando se divertían con ella, pero  ya Lissa no podría hacerlo.  Dispersados a su alrededor, los amigos y compañeros de la oficina del padre, en fin una serie de personas que apreciaban a la familia y no sólo a Lissa.  Estaban pasando por un trance tremendo y querían al menos darles unas palabras de consuelo, de ese consuelo que no tendrían.

Un reverendo fue el encargado de decir unas palabras, pero también Emma quiso despedirse de su hermana en nombre de sus padres y de ella misma.

" Hoy estamos aquí las personas que te queríamos, las otras, a las que divertías, no hacía falta que estuvieran.  Devoraste la vida y  te lo reproché cientos de veces.  Desde pequeñas fuimos diferentes: tú alegre e inconsciente, yo reflexiva, como si fuera mamá, más que tu hermana. Y resulta que ahora te he perdido para siempre.  Mi otra mitad se ha marchado dejándome sola.  Nos peleábamos casi siempre y últimamente más, pero siempre te he querido y los sermones fueron para ayudarte, que no fueras tan loca.  Pero ya ves, ahora pienso que hiciste bien.  Te has ido demasiado pronto y yo te echaré de menos mucho, mucho más de lo que podría imaginar.
Ve en paz, querida Lissa-  El daño que hayas podido hacer a alguien, lo has pagado con creces y déjame pensar que fue porque eras aún demasiado joven. Adiós hermanita.  Siempre te recordaré con cariño "

 Depositó una rosa blanca sobre su ataúd, y se retiró para que los operarios procedieran al definitivo enterramiento de Lissa.  Si padre se llevó casi en volandas a la madre, ya que deseaba quedarse hasta el final, pero consiguieron que se marchara antes de ver como Lissa bajara lentamente hasta su última morada.  Pero  Emma, permaneció allí a un lado; quería quedarse a solas durante unos instantes.  Cuando ya hubo descendido, cogió un puñado de tierra, la besó y la lanzó hacía el féretro .  Creía estar a solas, pero Robert la aguardaba  unos pasos más atrás. y sería él quién la acompañara hasta su casa.

El también se sentía dolorido por la pérdida de Lissa.   Hacía años que ya no pensaba en ella, pero hubo un tiempo en que fue muy importante en su vida.  Sin embargo no pudo mantenerla con   vida y ahora debía presenciar su enterramiento.  Ese pensamiento hacía que sintiera un profundo dolor, probablemente aún guardaba algo de amor escondido en algún rincón de su corazón.

Cuando la llevó a su casa, él se despidió, debía incorporarse al hospital, y además no le apetecía hablar con las personas que había en el interior de la casa de cosas intrascendentes o de la difunta.  Tenía sus sentimientos demasiado afectados como para revivir unos años atrás, cuando ellos, los tres, terminaban su bachillerato  en aquel instituto. La amaba verdaderamente, y de haber querido ella, la hubiera pedido que se casara con él.  pero eligió a Thomas, y él se retiró silenciosamente a un segundo plano.  En cuanto a Emma, la había visto en aquel entonces, un par de veces más, después de aquel encuentro en el centro comerical.  Ni siquiera sabía, hasta el accidente,  que  trabajaban en el mismo lugar.  No habían tenido trato alguno y sin embargo la entereza que mostró en el quirófano hizo que la admirara.  Sabía que estaba rota de dolor, pero se mostraba firme  antes sus padres, que no tardarían en desmoronarse. Al despedirse, la abrazó de nuevo y a pesar de que ella lo recibió como agua bendita, sabía que era un gesto protocolario, pero escuchó atentamente las palabras que él la dirigió

- Deberías quedarte unos días en casa.  Necesitas asimilar todo lo ocurrido y tus padres te lo agradecerán
- Dentro de un par de días iré y presentaré mi renuncia
-¿ Tu renuncia? ¿ Te has vuelto loca ?  Eres una buena profesional, y además elegiste esa carrera
- Lo sé, pero mis padres me necesitan ahora.  Me da miedo mi madre que no anda muy bien de salud
- Tómate unas vacaciones, pero no abandones tu puesto.  Ahora estás en pleno duelo, pero llegará un momento en que tu mente lo acepte, y el dolor no será tan profundo y lacerante.  hazme caso;  además necesitas distraerte, aunque un hospital no sea precisamente para pasarlo bien
- No sé Robert. Ahora estoy demasiado afectada para pensar en eso.  Gracias por habernos acompañado

- No me des las gracias.  Sabes lo importante que fue para mi tu hermana.  Debía estar ahí, lo que lamento es que llegara tan mal herida y no haber podido hacer nada.  Ese peso lo llevaré siempre

Se besaron en las mejillas y él se introdujo en el coche para regresar al hospital, y ella entró en casa para atender a las personas que habían venido a dar el pésame.  Estaba deseando de que todos se retiraran y poderse quedar tranquilos.  Les agradecía infinito que les estuvieran haciendo compañía en esos momentos, pero necesitaban descansar de tantas emociones, y sólo podrían hacerlo al quedarse solos.

Emma, dejó su apartamento, y se instaló de nuevo con sus padres. Le preocupaba la salud de su madre que estaba deprimida y apenas dormía ni comía.  Su padre a los tres días del entierro, se incorporó de nuevo al trabajo.  Necesitaba salir del ambiente tan triste que reinaba en su casa.  Emma trataba que su madre saliera a dar una vuelta con ella, pero la mayoría de las veces no lo conseguía.  Reflexionaba seriamente en dejar el trabajo.  No la gustaba el desmejoramiento de su madre.  Había que recoger las cosas de Lissa, pero ella dió órdenes de que nadie entrara en esa habitación y quedara todo como cuando vivía allí., y los peluches y los pósters de sus artistas preferidos, seguirían como cuando era una adolescente.  Pero su apartamento, al ser  alquilado, necesitaba quedarse libre.   Y una tarde, acudió sola al piso que ocupara   su hermana,  cuando se trasladó de casa de sus padres. Fue sola y sola recorrió las habitaciones.

La casa olía a Lissa, a su perfume habitual y su ropa estaba encima de la cama como la dejara ella antes de salir y tener el accidente que le costó la vida.  No pudo por menos de sonreír, al ver unos zapatos tirados sobre la alfombra  y la bata del baño sobre la cama.  Se sentó y repasó la habitación tratando de encontrar un vestigio de ella, pero solo encontró silencio y su olor.  Un silencio aplastante como si una losa cayera sobre ella.  Abrió su armario y olió su ropa.  Todo le recordaba a ella.  Sobre su cómoda, unos retratos de Emma y de sus padres.  Al abrir un cajón del mueble, sacando su ropa para meterlo en una caja, encontró una carta en cuyo sobre estaba escrito:  "A mi hijo no nacido".
No quiso abrirla, la guardaría así porque eran sus palabras para ese hijo que no quiso tener.  No pudo evitar el llanto, y abrazada a una prenda de su hermana, lloró amargamente y durante largo rato.  No tenía más fuerzas para seguir desocupando el apartamento en donde viviera Lissa.  Echó una última mirada y lo dejó todo tal cuál.  Ya volvería otro día cuando estuviese más serena.

Y tras días de empaquetar cosas, el apartamento que fuera de Lissa, quedó libre.  De momento llevaría toda su ropa al garaje de casa, y cuando pasase un tiempo ya vería lo que hacer con ella.  De momento necesitaba un respiro.  Había sido duro recoger todas las pertenencias de su hermana, y no podía seguir con ello de momento.El cuerpo de Lissa se instaló en la capilla ardiente de la funeraria. Tenían el ataúd abierto y restaurado su rostro, que volvía a tener el aspecto de un cuerpo dormido.  La madre no paraba de llorar frente al catafalco,  y el padre y Emma, por mucho que hicieron,   no podían consolar el desgarrador dolor que sentía.  Comenzaría el desfile de amigos a darles el pésame.  Emma era como una autómata respondiendo a sus palabras de condolencias.  Trataba de abstraerse de ese ritual para encerrarse en su profundo dolor. No alcanzaba a comprender  en sí lo que había ocurrido.  Inconscientemente había culpado a Lissa de su accidente, dada la afición que tenía a pisar el acelerador, pero esta vez había sido la víctima entre otras tres personas.  Mentalmente , mirando su rostro., la pedía perdón por ello, y por tantas otras cosas que la había reprochado a lo largo de su corta vida

.  Quizá, en su interior Lissa, tendría la necesitad de vivir  velozmente, porque presintiera que su paso por aquí iba a ser excesivamente corto.  Era pura intuición, porque ya nunca tendría oportunidad de aclararlo con ella.
Sabía que echaría de menos a su otra mitad, como ente ellas bromeaban.  Eran gemelas y sin embargo diferentes,  no tanto en el físico, como en su forma de comportarse en la vida. Ahora casi se alegraba de que fuera tan locuela.
Su padre la puso una mano en el hombro para advertir de que habían llegado sus compañeros del hospital, y entre ellos  Robert con cara triste y algo demacrado. Si fuera por Lissa, sería porque aún la amaba.  Ese pensamiento hizo que su corazón palpitase más a prisa de lo acostumbrado.  Uno por uno sus compañeros la abrazaron y en cada abrazo las ganas de llorar invadían su garganta, pero podía controlarlo, aunque la emoción casi la impedía hablar.  Pero fue cuando estuvo frente a Robert cuando dos gruesas lçagrimas rodaron por sus mejillas.  Se miraron largamente sin pronunciar palabra, y Emma agradeció el abrazo que Robert le dió.

 Y pasó ese largo día y al siguiente sería el trámite final y uno de los más dolorosos:  el definitivo adiós.  De luto riguroso y sentados en sendas sillas presidiendo el duelo, se encontraban sus padres y Emma, y en la fila de atrás Thomas y a su lado Robert; los dos hombres que se habían disputado el amor de Lissa, pero hubieron otros, que no acudieron a darle el último adiós, que si estaban cuando se divertían con ella, pero  ya Lissa no podría hacerlo.  Dispersados a su alrededor, los amigos y compañeros de la oficina del padre, en fin una serie de personas que apreciaban a la familia y no sólo a Lissa.  Estaban pasando por un trance tremendo y querían al menos darles unas palabras de consuelo, de ese consuelo que no tendrían.

Un reverendo fue el encargado de decir unas palabras, pero también Emma quiso despedirse de su hermana en nombre de sus padres y de ella misma.

" Hoy estamos aquí las personas que te queríamos, las otras, a las que divertías, no hacía falta que estuvieran.  Devoraste la vida y  te lo reproché cientos de veces.  Desde pequeñas fuimos diferentes: tú alegre e inconsciente, yo reflexiva, como si fuera mamá, más que tu hermana. Y resulta que ahora te he perdido para siempre.  Mi otra mitad se ha marchado dejándome sola.  Nos peleábamos casi siempre y últimamente más, pero siempre te he querido y los sermones fueron para ayudarte, que no fueras tan loca.  Pero ya ves, ahora pienso que hiciste bien.  Te has ido demasiado pronto y yo te echaré de menos mucho, mucho más de lo que podría imaginar.
Ve en paz, querida Lissa-  El daño que hayas podido hacer a alguien, lo has pagado con creces y déjame pensar que fue porque eras aún demasiado joven. Adiós hermanita.  Siempre te recordaré con cariño "

 Depositó una rosa blanca sobre su ataúd, y se retiró para que los operarios procedieran al definitivo enterramiento de Lissa.  Si padre se llevó casi en volandas a la madre, ya que deseaba quedarse hasta el final, pero consiguieron que se marchara antes de ver como Lissa bajara lentamente hasta su última morada.  Pero  Emma, permaneció allí a un lado; quería quedarse a solas durante unos instantes.  Cuando ya hubo descendido, cogió un puñado de tierra, la besó y la lanzó hacía el féretro .  Creía estar a solas, pero Robert la aguardaba  unos pasos más atrás. y sería él quién la acompañara hasta su casa.

El también se sentía dolorido por la pérdida de Lissa.   Hacía años que ya no pensaba en ella, pero hubo un tiempo en que fue muy importante en su vida.  Sin embargo no pudo mantenerla con   vida y ahora debía presenciar su enterramiento.  Ese pensamiento hacía que sintiera un profundo dolor, probablemente aún guardaba algo de amor escondido en algún rincón de su corazón.

Cuando la llevó a su casa, él se despidió, debía incorporarse al hospital, y además no le apetecía hablar con las personas que había en el interior de la casa de cosas intrascendentes o de la difunta.  Tenía sus sentimientos demasiado afectados como para revivir unos años atrás, cuando ellos, los tres, terminaban su bachillerato  en aquel instituto. La amaba verdaderamente, y de haber querido ella, la hubiera pedido que se casara con él.  pero eligió a Thomas, y él se retiró silenciosamente a un segundo plano.  En cuanto a Emma, la había visto en aquel entonces, un par de veces más, después de aquel encuentro en el centro comerical.  Ni siquiera sabía, hasta el accidente,  que  trabajaban en el mismo lugar.  No habían tenido trato alguno y sin embargo la entereza que mostró en el quirófano hizo que la admirara.  Sabía que estaba rota de dolor, pero se mostraba firme  antes sus padres, que no tardarían en desmoronarse. Al despedirse, la abrazó de nuevo y a pesar de que ella lo recibió como agua bendita, sabía que era un gesto protocolario, pero escuchó atentamente las palabras que él la dirigió

- Deberías quedarte unos días en casa.  Necesitas asimilar todo lo ocurrido y tus padres te lo agradecerán
- Dentro de un par de días iré y presentaré mi renuncia
-¿ Tu renuncia? ¿ Te has vuelto loca ?  Eres una buena profesional, y además elegiste esa carrera
- Lo sé, pero mis padres me necesitan ahora.  Me da miedo mi madre que no anda muy bien de salud
- Tómate unas vacaciones, pero no abandones tu puesto.  Ahora estás en pleno duelo, pero llegará un momento en que tu mente lo acepte, y el dolor no será tan profundo y lacerante.  hazme caso;  además necesitas distraerte, aunque un hospital no sea precisamente para pasarlo bien
- No sé Robert. Ahora estoy demasiado afectada para pensar en eso.  Gracias por habernos acompañado

- No me des las gracias.  Sabes lo importante que fue para mi tu hermana.  Debía estar ahí, lo que lamento es que llegara tan mal herida y no haber podido hacer nada.  Ese peso lo llevaré siempre

Se besaron en las mejillas y él se introdujo en el coche para regresar al hospital, y ella entró en casa para atender a las personas que habían venido a dar el pésame.  Estaba deseando de que todos se retiraran y poderse quedar tranquilos.  Les agradecía infinito que les estuvieran haciendo compañía en esos momentos, pero necesitaban descansar de tantas emociones, y sólo podrían hacerlo al quedarse solos.

Emma, dejó su apartamento, y se instaló de nuevo con sus padres. Le preocupaba la salud de su madre que estaba deprimida y apenas dormía ni comía.  Su padre a los tres días del entierro, se incorporó de nuevo al trabajo.  Necesitaba salir del ambiente tan triste que reinaba en su casa.  Emma trataba que su madre saliera a dar una vuelta con ella, pero la mayoría de las veces no lo conseguía.  Reflexionaba seriamente en dejar el trabajo.  No la gustaba el desmejoramiento de su madre.  Había que recoger las cosas de Lissa, pero ella dió órdenes de que nadie entrara en esa habitación y quedara todo como cuando vivía allí., y los peluches y los pósters de sus artistas preferidos, seguirían como cuando era una adolescente.  Pero su apartamento, al ser  alquilado, necesitaba quedarse libre.   Y una tarde, acudió sola al piso que ocupara   su hermana,  cuando se trasladó de casa de sus padres. Fue sola y sola recorrió las habitaciones.

La casa olía a Lissa, a su perfume habitual y su ropa estaba encima de la cama como la dejara ella antes de salir y tener el accidente que le costó la vida.  No pudo por menos de sonreír, al ver unos zapatos tirados sobre la alfombra  y la bata del baño sobre la cama.  Se sentó y repasó la habitación tratando de encontrar un vestigio de ella, pero solo encontró silencio y su olor.  Un silencio aplastante como si una losa cayera sobre ella.  Abrió su armario y olió su ropa.  Todo le recordaba a ella.  Sobre su cómoda, unos retratos de Emma y de sus padres.  Al abrir un cajón del mueble, sacando su ropa para meterlo en una caja, encontró una carta en cuyo sobre estaba escrito:  "A mi hijo no nacido".
No quiso abrirla, la guardaría así porque eran sus palabras para ese hijo que no quiso tener.  No pudo evitar el llanto, y abrazada a una prenda de su hermana, lloró amargamente y durante largo rato.  No tenía más fuerzas para seguir desocupando el apartamento en donde viviera Lissa.  Echó una última mirada y lo dejó todo tal cuál.  Ya volvería otro día cuando estuviese más serena.

Y tras días de empaquetar cosas, el apartamento que fuera de Lissa, quedó libre.  De momento llevaría toda su ropa al garaje de casa, y cuando pasase un tiempo ya vería lo que hacer con ella.  De momento necesitaba un respiro.  Había sido duro recoger todas las pertenencias de su hermana, y no podía seguir con ello de momento.

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