lunes, 3 de abril de 2017

La infiel -Capítulo 2 - Saludo intrascendente

El olor a formol la golpeó una vez más al entrar en la habitación en la que Frederick había sido ingresado.  Nuevamente el riñón fallaba y las infecciones se sucedían. ¿ Tendrían posibilidad de un trasplante?  Portaba en sus manos un café para ver si la entonaba algo el malestar que sentía.  para colmo, estaba con la regla, lo que aumentaba más su depresión y mal humor.  De golpe, sintió que no quería tomarlo, que tenía que salir de allí y respirar un poco de aire fresco. Lo tiró en una papelera y por una puerta lateral, saldría al jardín.  Echó una mirada a su marido sin siquiera entrar en la habitación. Estaba sedado y vigilado constantemente por las enfermeras.  Podría, al menos, permitirse el lujo de pasar un rato al aire libre. Y así lo hizo.  Respiró hondo inundando sus pulmones de aire puro sin contaminaciones hospitalarias, y sin olores que la recordaban constantemente que estaban allí, ingresado su marido, pero también ella al pie de su cama.


Hacía una mañana preciosa de comienzos de primavera, y un sol radiante lo inundaba todo. Florecian los tulipanes en los parterres que adornaban la entrada al hospital.  Lo rodeó todo tratando de despejar su cabeza, que constantemente tenía ocupada por la angustiosa situación que vivían.  Junto a la entrada del recinto, estaba la cafetería, y era un lugar agradable con algunos bancos entre la sombra de árboles y arbustos cuyo olor a ozono y a hierba recién cortada, fue un bálsamo para su olfato.  Se sentó en uno de ellos para, simplemente, ver quién entraba y quién salía.

Ya había entrado el turno de mañana, y estaba saliendo el de la noche, por lo que la cafetería estaba bastante concurrida por los doctores y enfermeras que terminaban e iniciaban su turno.  Ella tenía una guardia constante las veinticuatro horas del día.  Rió ante esta observación y fijó la mirada, sin ver, en un punto determinado,más allá de la verja que cerraba el complejo hospitalario.

Aparcando un coche estaba el doctor James Mulligan, pediatra y obstetra, aunque no ejerciera en esta última especialidad, sólo en pediatría..  Era un hombre cercano a los cuarenta años, simpático y bien parecido que causaba estragos entre las compañeras del oficio. Sonreía casi constantemente, se le veía tranquilo siempre, y todos le consideraban feliz.  En esta etapa si lo era, después de haber atravesado una crisis emocional en tiempos pasados. Todos los compañeros le consideraban buena y servicial persona, que tomaba como propios los problemas de las personas a las que atendía.  Había sido internista de la UVI, pero llegó un momento en que sus emociones le superaron, y cambió ese destino por el de pediatría, a pesar de que también sufriera cuando algún niño no conseguía salir adelante.

Estuvo a punto de convertirse en un hombre casado, cuando su prometida rompió con él.  Su novia  era incapaz de soportar los sacrificios que imponía la profesión médica, y le dejó plantado a tres meses de la boda por un periodista con el que se dedicaría a, según ella, conocer mundo.  Fue un duro golpe para el médico que le costó remontar. Se dijo a sí mismo que no había nacido para casado; elegíría su profesión antes que la vida familiar, por lo que a partir de ese momento, se dedicó de pleno a ayudar a la gente sin volver a pensar en amoríos.


Decidió tomar  un café antes de subir a la consulta, miró su reloj y vio que aún tenía tiempo de sobra, y decidido cruzó la verja y se dirigía a la cafetería, cuando vio a una mujer sentada en uno de los bancos con los ojos entornados recibiendo de pleno los rayos del mañanero sol.  Era como si esa escena ya la hubiera vivido, y recordó de golpe una visión pasada en la sala de espera de la planta de rehabilitación.

- ¡ Claro es aquella mujer del marido tan hecho polvo ! ¿ Cómo se llamaba?   ¿ Cómo la nombró Louis ?  A... No Elva, eso es Elva.  ¡Pobrecilla ! sigue en las mismas,  por lo que  veo.

Giró sobre sus pasos y fue hacia el banco ocupado por ella

- Buenos días. Veo que ha madrugado mucho
- Buenos días.  Diga mejor que no me he ido
-¿ Está ingresado de nuevo?¡ Oh perdone ! Soy amigo del doctor Foster, no sé si recuerda, porque hace días, nos vimos por casualidad cuando íbamos a su consulta.
 -Lo siento, no lo recuerdo.
-Tenía jaqueca- respondió el médico
- Ja, ja, ja,  ¿ y cuando no? - dijo sonriendo ella

El la miró detenidamente.  Tenía los ojos apagados y ojerosos, con ojeras violáceas que denotaban la falta de descanso.  Desde un principio sintió lástima por ella, por su situación y la de su marido. Pensó en hablar con Foster a ver de que manera pudieran ayudarla, al menos a no tener la moral tan sumamente baja como ella la tenía.  No era de extrañar que así fuera.

- Bueno, he de ir a mi trabajo.  He tenido mucho gusto en saludarla.
-Muchas gracias doctor, ha sido muy amable.
- Si necesita algo,cualquier cosa, búsqueme en la planta de Obstetricia y Pediatría
- ¿ Es Obstetra?
- No exactamente. Cuento con esa especialidad, pero me he dedicado a la pediatría.  Los niños dan menos disgustos que los adultos., y, ocasionalmente estoy  en  la UVI infantil. Así que ya sabe donde poder encontrarme.
- De nuevo gracias.

Entro en la cafetería bajo la mirada de Elva. Sonreia ante la amabilidad del doctor.

- Posiblemente sea el único médico que no me conoce - pensó - Llevo tanto tiempo aquí metida y causando tanta compasión, que me he hecho popular entre todos. ¡ Vaya ! -. Y nuevamente volvió a su posición recibiendo el sol en el rostro.

- ¡ Qué bien se está aquí ! -suspiró.  Y entornando nuevamente los ojos, poco a poco, se quedó dormida.


La alarma de una ambulancia, la despertó bruscamente sobresaltándola. En un principio no se daba cuenta muy bien dónde estaba, aún medio adormilada. De golpe recordó todo.  Miró su reloj y comprobó que habían pasado más de dos horas

- ¡ Dios mio, Frededirck ! ¿ Cómo he podido quedarme dormida ? Quizá me haya llamado y no estaba allí.

Rápidamente emprendió el regreso a la habitación de su marido.  El permanecía dormido, pero una furibunda Olivia, la recibió con reproches y malos modos.

- ¿ Dónde has ido ? ¿ Cómo se te ha ocurrido dejarle solo?
-He salido al jardín y me he quedado dormida
-¿ Dormida? Eres una irresponsable. Si tenías intención de salir, debiste avisarme y yo hubiera cubierto tu turno
- Sólo salí a tomar un poco de aire Y no estaba solo: las enfermeras entran constantemente. No es necesario que me regañes. Llevo aquí metida durante mucho tiempo y lo  necesitaba
- Pero te has dormido ¿ dónde lo has hecho?
- En un banco del jardín. Estoy rendida.  No duermo ¿ sabes? Necesito respirar de vez en cuando, para variar


- ¿ Y él , acaso no necesita de nuestros cuidados?
- Y los tiene.  No he hecho otra cosa desde que se accidentó. Además, no eres quién para reprocharme nada.
- Se trata de mi padre ¿ sabes?
- ¡ Yo soy tu madre! Y estás siendo muy injusta conmigo

No podía soportarlo más, y salió de la habitación sin rumbo fijo. Fue en busca de Gladys, pero en ese momento estaba en urgencias.  Desorientada, pero con una angustia que la oprimía el pecho,   Sin saber cómo, sin siquiera darse cuenta, se dirigió a la planta de Pediatría. Él había sido la única voz amable que había escuchado en ese día recién despuntado.. Le zumbaban los oidos, y su visión se nublaba, iba a desmayarse, y buscó un asiento o algo en lo ue apoyarse.  Había llegado a Pediatría.  llamó a la puerta y fue respondida por la voz del médico

- Adelante

No pudo más y se desplomó al suelo.  Al escuchar el ruido producido en el exterior, James salió a averiguar qué lo había producido.  Al abrir la puerta se encontró con Elva, en el suelo, sin sentido. La tomó en brazos y la introdujo en su consulta., llamando a una enfermera. La tumbó en la camilla y procedió a reconocerla. La enfermera llegó rápidamente y James comenzó a dar órdenes.. Tomó su tensión y comprobó que la tenía baja.  Desabrochó el botón de sus pantalones, y poco a poco Elva volvía en sí.  Aparentemente estaba bien, sólo había sido un desmayo producido por la ansiedad y la falta de descanso.  Ordeno extraer sangre para una analítica de urgencia que le pasarían a él directamente

- Diga en el laboratorio que me envien los resultados urgentemente.  Esta mujer necesita ayuda .  Está llegando al límite. Va a explotar de un momento a otro. ¿ La conoce? -  La enfermera respondió afirmativamente
-Lleva mucho viniendo al hospital. Su marido sufrió un accidente de coche y quedó muy mal herido.  Ella no se ha separado de su lado.  Nunca. Las compañeras que les atienden dice que es una mujer extraordinaria, que siempre está triste. ¡ No me extraña con el panorama que tiene !
- Ya... - respondió el médico - Pasémosla a un box en urgencias hasta recibir los resultados de la analítica, y acérquese a la planta en donde está su marido ingresado para notificarles la ausencia de ella, por favor.


Y así se hizo.  La enfermera en el control preguntó por la habitación donde permanecía el marido de Elva e informó a Olivia de lo ocurrido.  La jovencita se quedó impactada.  Frederick estaba despierto y se interesó por su mujer.  Olivia decidió que tenía que ir a verla y pidió a la enfermera que alguna compañera se quedase con él hasta que regresara.  Tenía que ir a ver a su madre.  Se recriminaba la actitud tenida con ella, y acompañada por la enfermera de pediatría, fue  hasta urgencias, en la que Elva había sido ingresada. Elva permanecía en cama. Estaba con suero y permanecía con los ojos cerrados, pero unas ´debiles lágrimas se escapaban de sus ojos.  Olivia se conmovió al verla en ese estado, y fua a su lado llororsa y pidiéndol perdón

- Mamá, mamá - Abrió los ojos extrañada de que su hija estuviera allí con ella. Se incorporó de improviso al pensar que su padre estaba pero

- Olivia ¿ qué ocurre?
- Nada máma  papá está bien, pero tú...  ¿ Por qué no hablaste conmigo ? ¿ Por qué no me dijiste que estabas llegando al límite?
- Te lo dije, cielo, pero no me creiste.  Pensaste que lo hice para desentenderme de papá
- Perdón , mami. No volverá a pasar.  No quiero ni pensar que tú también cayeras enferma
- Pues puede darse el caso

Ambas, a un tiempo, giraron la cabeza ante esa frase, y allí estaba el doctor Mulligan con cara de preocupación

1 comentario:

  1. No existen las casualidades. Todo está marcado en nuestro destino, desde que nacemos

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